¡Arriba, parias de la tierra! ¡En pié, famélica legión!

La presidenta del PP madrileño ha dicho, según el País, que  promete “ “estudiar a fondo” por qué “está permitido vivir en la calle”. Aguirre quiere saber la razón por la que no sucede “como antes”, que, según ha dicho, “venía el Samur Social, ofrecía a las personas que quieren dormir en la calle ir al albergue, y si estas personas no querían ir al albergue, el Samur Social las llevaba, las hacía no sé exactamente qué, supongo que una valoración sanitaria o lo que fuera, y después de eso se limpiaba toda esa zona”.  La candidata del PP cree que las personas que duermen en la calle perjudican el turismo, como también lo hacen las manifestaciones, por lo que aboga en este sentido por limitar el derecho constitucional de reunión en el centro de la capital. http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/04/27/madrid/1430144657_879791.html

En mis años de experiencia profesional trabajando en sinhogarismo, he visto pocas declaraciones tan brutales y descarnadas contra el auténtico orden público que, no lo olvidemos jamás, construimos entre todas las personas desde nuestra acción voluntaria y posicionamiento en el espacio público a partir de lo que hacemos, decidimos, negociamos e incluso luchamos en esa arena en la que cada día intentamos ser aquello que nos dé la gana ser: ese, y no otro, es el auténtico orden público. El que hace realmente posible el día a día. Aquel que entre todas y todos permitimos que en cada momento y en cada calle, nada se venga abajo y, si se viene, pueda volver a sostenerse. Porque en el espacio público pasan cosas, algunas que deseamos y otras que aborrecemos, pero que con frecuencia no controlamos. Porque es el lugar de la reivindicación: ¡sí, que pasa!, reivindicar es humano. Incluso justo y necesario.

Y es que, finalmente, el orden, el orden de lo social, y el control real y profundo de su mantenimiento, depende de todos nosotros aunque intenten hacernos creer lo contrario.

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En resumen: que la calle, sí, es nuestra. Nuestra de nosotros y de vosotros. Tuya, que me lees. De todos y todas. Créetelo porque es así. Es tuya con o sin techo. Es tuya tengas o no empleo. Huelas mal o lleves traje. Y, sí, por supuesto, también es de ella. Pero no es sólo de ella.

Ya basta de mensajes prepotentes desde la arrogación de legitimidad en el uso del espacio y tiempo públicos, de su formato y diseño: haremos en él lo que nos dé la gana. Punto. Sin más. Desde el límite que define el respeto y que puede ser perfectamente compatible con la disidencia, lo diferente, o lo desconocido, por más que algunos intenten confundirnos.

Mensajes como el que presuntamente ha voceado la presidenta del PP de Madrid, nos retrotraen a antiguas y sinceras manifestaciones de poderío verbal, amedrentador, que, tras una dictadura, nos llegaron a acogotar y hacer pensar que quizá sí, la calle era sólo de una minoría, de un poder, de un temor.

Pero no. Ahora, ya lo sabemos: la tensión está servida, y desde hace años, decenios. El proscenio, el espacio público, la calle, los descampados, los lugares en los que decidir, a cada paso y en cada momento, son el campo del honor –o deshonor- en el que se combate nuestra más íntima libertad de ser, de estar y de parecer, y eso parece darles miedo. De ahí que dar muestras de fuerza con los que no se tienen ni sostienen, indigne. Por ello, cargar contra el que tiene conculcados sus derechos, repugna y mucho. Pero, claro, son unas víctimas fáciles sobe las que proyectar una sombra de ejercicio de Poder con “P” mayúscula… ¿o es que no era esa la intención? Acabaré por creer que las manifestaciones iban en serio, y, eso, quizá, sería mucho más inquietante y terrorífico…

Con discursos como el defendido por esta personalidad política como estímulo, no puedo dejar de pensar cuan necesaria sería la voz atronadora de los nuevos desheredados reivindicando, tomando temporalmente la calle resucitando el significado literal del himno: Arriba, parias de la tierra. En pie, famélica legión… A gritos parece estar pidiéndose que se conteste, lo que parece estar pidiéndose casi a gritos…

Joan Uribe, director de Sant Joan de Déu Serveis Socials

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